sábado 2 de mayo de 2009

LA MEDICINA DE FAMILIA NO SE ACABA NUNCA

Mi trabajo, como médico de familia, consiste en firmar partes de baja, de confirmación y de alta, en expedir recetas de medicamentos prescritos por otros compañeros médicos. Y en muchas cosas más. En todas ellas reside la magia. Porque, como le decía Pepe Sacristán a los chavales en la película “Un lugar en el mundo”, cuanto más se sabe, más cerca se está de la magia. También decía lo importante es querer y no que te quieran, y los que dicen eso son unos gilipollas. Pero esa es otra historia.

Estuve estos días en el XX Congreso Nacional de Entrevista Clínica y Comunicación Asistencial que se desarrolló en Ibiza. Creo que a estas reuniones es necesario acudir de vez en cuando porque son fundamentales para desmontar esas creencias que todos los médicos tenemos, sobre todo, al final de una áspera mañana de consulta, cuando por fin das el alta a la última urgencia y piensas madre, esto a los demás no les pasa. Los demás tienen tiempo para ver con calma a los pacientes porque saben gestionar la consulta, los demás están al día de las últimas recomendaciones de la insulinización, los demás no dudan ante un electrocardiograma entre un hemibloqueo anterior izquierdo o derecho, ante una radiografía de tórax entre un broncograma aéreo y la imagen de un vaso visto en perpendicular, los demás saben perfectamente qué decir a un paciente asintomático con un PSA de 5.4, los demás no tienen que repasar una y mil veces los criterios diagnósticos mayores y menores de la insuficiencia cardiaca, los demás convierten a los pacientes agresivos en cariñosos gatitos gracias a técnicas de entrevista clínica que tú desconoces, los demás trabajan para gerentes que les exigen, les apoyan y les defienden. Basta acudir al primer taller del congreso para comprender, con alivio, que no, que los demás, salvando diferencias, son como tú. Gracias.

La primera tarde, dos gallegos nos mostraron la importancia de establecer objetivos y soluciones eficaces y de trabajar con los objetivos del paciente, de armonizarlos. Porque lo que sí funciona, hay que hacerlo más; lo que no funciona, no repetirlo; lo que no está roto, no arreglarlo.

Al día siguiente, muy de mañana, un maño nos puso en pie, nos hizo concentrarnos en un objeto diminuto y nos animó a transformar el pensar, el sentir y el actuar para ser capaces así de, con un solo dedo, empujar montañas, proyecciones de fuerza.

Después un catalán, micrófono en mano, nos enseñó a ponernos en los zapatos del otro sin hacer juicios morales, a devolver sonrisas y, desde la distancia terapéutica, darle al paciente una empatía que no se espera, una empatía de cambio. Y descubrí las neuronas que se reflejan en los espejos.

Un balear nos sumergió en un baño de música para crear, con los cuatro sentidos que nos quedan después de haber cerrado los ojos, un mapa de sonidos. ¡Un mapa de sonidos! Un tipo, de voz pausada y sonrisa grande, me confesó al oído la revolución comienza cada noche, si agarras con la mano izquierda el cepillo de dientes. Pásalo.

Pasó otro día y una andaluza nos demostró que lo que sienten y perciben los pacientes muchas veces no es lo que sentimos y percibimos los médicos y por eso, en ocasiones, los médicos no hacemos del todo bien las cosas y, sin embargo, los pacientes están satisfechos. Y Alguien dijo ojalá hubiera tenido más tiempo para hablar.

Recogí entre las palabras de los pósters un cuento: “Érase una vez un paciente diagnosticado de esquizofrenia que no quería tomarse la medicación porque decía que él no era esquizofrénico. Su psiquiatra intentó convencerlo, pero no hubo manera. No quiso tomarse las pastillas hasta que le dijimos que no eran para la esquizofrenia, sino para las voces que oía. Entonces se las tomó. Su problema eran las voces. No la esquizofrenia.” (Benito Rodríguez, O, et al.: El cuidado en la palabra: la experiencia de cuidar y comunicarse con pacientes mentales. Departamento de Enfermería y Fisioterapia. UIB. Palma de Mallorca. 2008).

Dos gallegos, un maño, un catalán, un balear, una andaluza, unos cuantos de todos lados.

Y entre taller y videofórum, entre exposición de proyectos y almuerzos de trabajo andaba estos días leyendo, a salto de mata, una novela de Vila-Matas, “París no se acaba nunca”. Y pensé entonces en la medicina de familia como una ciudad, una ciudad que no se acaba nunca y cuyas calles recorro a veces con el corazón aturdido por la tristeza (aunque esta frase no es mía, es de Vila-Matas, escrita en el libro).

Y pensé en una medicina de familia llena de obras interminables, de barreras arquitectónicas, de calles levantadas con las alcantarillas al aire, de falta de plazas de aparcamiento, de barrios de cemento bienintencionados pero malplanificados y desarrollados, de atascos eternos, como monstruos con cientos de colas, para salir de ella los viernes y regresar los domingos. Una mecicina de familia preñada de semáforos en rojo. Una medicina de familia difícil para que crezcan en ella los niños. Pero también una medicina de familia llena de parques contenidos en invierno, a salvo del frío y de la lluvia, y que explosionan cuando llegan los días de mayo, de centros comunitarios, de edificios antiguos, huellas del tiempo y de la destreza del hombre, de callejones empedrados y tardes al sol en las esquinas bajo los geranios, de bares alegres y limpios, de domingos de paseo por las calles peatonales, de decenas de autobuses eléctricos que circulan por avenidas abiertas.

Y pensé, al final, que la medicina de familia no se acaba nunca y empieza en cada una de las consultas, cada vez que un paciente se sienta frente al médico, en el momento crucial e ineludible en el que debemos ser conscientes de la responsabilidad que soportamos. Con nosotros, con el paciente y con la evidencia científica (aunque esta frase no es mía, es de Francesc Borrell, dicha sentado delante de mí en el auditorio). No podemos traicionarnos, no podemos traicionar al paciente y, por encima de todo, no podemos traicionar a la medicina. Aunque se acabe. Pero esa, también, es otra historia

3 comentarios:

José Luis Contreras Muñoz dijo...

Gracias,un hermoso post que compartiré con mis compañeros de trabajo.

belen.sanchez montero dijo...

Gracias por la conciliación con el trabajo que a veces parece no tener rumbo...

Aura dijo...

Nos habíamos quedado con ganas de ir a Ibiza (impensable actualmente con los niños; tal vez la próxima). Leerte hoy nos ha llenado de nostalgia, risas y sensación de haber compartido todo con vosotros.
Gracias.
Enrique y Laura

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