jueves, 17 de septiembre de 2009

Historias de fonendoscopio. Ustedes, los médicos.

Ustedes, los médicos, ¡cómo son! Véanse ahí, sentados en las poltronas, como trono de rey, de sus consultas de paredes blancas y ataviados con esas batas impolutas, sin arrugas, con las iniciales de sus nombres y apellidos bordadas con hilo rojo en la solapa, siempre mirándonos por encima del hombro, altaneros y lejanos las más de las veces, las menos, peor, cuando disfrutan haciéndose los normales, impostores, y se dejan crecer la barba y cuelgan la bata en el perchero e, incluso, apartan a un lado la mesa que nos separa y se acercan y, dios, se atreven a tocarnos. Pero no, lo siento, no nos engañan. Porque, de pronto, esgrimen la estilográfica o el bolígrafo que los laboratorios farmacéuticos les regalan a cambio de envenenarnos y pretenden siempre, siempre, tener la razón y fingen conocer cuanto sucede de nuestra piel hacia dentro y, cuando no, se lo imaginan y mienten sin rastro de pudor, sin sentir tan siquiera el vello erizado en los antebrazos, la mirada huidiza en las esquinas, los pies inquietos. Entonces sonríen satisfechos y fríos ante el tráfago de nuestros miedos porque así, una vez más, alimentan un ego obeso y caprichoso. Son ustedes, si me lo permiten, depredadores incansables, audaces irredentos, saqueadores que regresan una y otra vez a las ruinas de nuestro dolor aunque ya no quede nada. Fíjense que algo tan nuestro, tan común, tan viejo como la gripe, algo que habíamos aprendido a sufrir y a curar sin su ayuda, ahora quieren arrebatárnoslo y, con ello, conseguir que les necesitemos, criminales, y no contentos con inventarse apocalipsis en los periódicos cada mañana, encima acuñan las palabras que los nombran: ¡Pandemia, pandemia, pandemia!, gritan, dios mío, pero qué clase de personas son ustedes, los médicos, que inventan dragones dormidos sobre el tesoro de la inmortalidad, esquivos y temibles monstruos marinos que sueñan arponear, molinos de viento para quijotes armados con fonendoscopios. Caterva de infelices, joder, que ni epidemia ya les sirve.

3 comentarios:

Enrique Gavilán dijo...

Parece mentira que un relato así pueda salir de un médico. Qué capacidad tienes, Pepe, de transmitir, imaginar y de sedimentar.
Abrazos, como no!

jose garzón dijo...

son las drogras psicotropas, Quique, que me echan una mano.

Abrazos, claro!

Anónimo dijo...

Pues compártelas, no seas egoísta

Enhorabuena, of course!

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