En una ocasión, tuve un ataque de malaria en una humilde aldea donde no había prendas de abrigo de ningún tipo. Los campesinos me pusieron encima la tapa de un baúl y se quedaron pacientemente sentados sobre ella, esperando a que se me pasara la fase peor de la tiritona. Los más infortunados son aquellos que, al sufrir un ataque de malaria, no tienen con qué taparse. Se les ve a menudo junto a los caminos, en la selva o en las casuchas de barro, se les ve tumbados en el suelo y semiinconscientes, aturdidos y empapados en sudor, y cómo sus cuerpos son sacudidos por rítmicas oleadas de convulsiones. Pero incluso protegidos por una docena de mantas, cazadoras y abrigos, los dientes nos castañetean y gemimos de dolor porque notamos que este frío no viene desde el exterior -¡fuera hace una temperatura de cuarenta grados!- sino que lo tenemos metido dentro, que esas Spitzbergs y Groenlandias se han instalado dentro, que todos esos carámbanos, témpanos y montañas de hielo circulan a través de nuestro cuerpo, de nuestras venas, músculos y huesos.
Ébano, de Ryszard Kapuscinski.



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