jueves, 17 de diciembre de 2009

Historias de fonendoscopio. Declaración de intenciones.

Te juro, Alicia, que esta vez voy de frente y serio como nunca. Que dios me ha tenido agarrado por la garganta y, ¿te acuerdas?, que muchas noches apretaba tan fuerte que no podía respirar. Ya sé, ya sé que tú decías que era la pálida o el alcohol; pero tú sufrías el mono igual que yo y el barbas no te ahogaba como a mí.

Ahora entiendo lo que me pasaba y, según los médicos, dios ha soltado de momento la mano, sí, pero... ¿Quién me asegura que en cualquier momento no pueda volver a joderme?

Te estarás preguntado a qué viene esta carta. Sobre todo firmada por un tipo como yo, que siempre me han dado alergia los bolígrafos, los folios y los libros. Te echo de menos, Alicia, y quiero volver a tenerte cerca de mí. Dicen que antes de despertar de la anestesia movía los labios pronunciando tu nombre: Alicia, Alicia, Alicia... Me lo han contado las enfermeras. Y dicen que tienes que sentirte afortunada porque se notaba que te echaba de menos y que te tengo que querer mucho. Si ellas supieran.

Me han cortado el esófago, donde estaba el tumor, y me han unido el estómago a la faringe. He pasado días malos, pero parece que de ésta salgo, como de tantas otras. El médico dice que todo ha salido bien pero, ¿sabes?, no puedo hablar. Simplemente muevo los labios como no queriendo que los de al lado se enteren de lo que digo. Cuando me di cuenta de que había perdido la voz estuve varios días sombrío y las enfermeras venían a consolarme y a leer con paciencia mis labios mudos. Hasta que una tarde comprendí que si no podía hablar, mucho menos entonces gritar. Así es que, Alicia, se acabaron las discusiones, que bastantes voces has tenido que aguantar ya.

Espero que cuando leas esta carta te encuentres bien y serena al igual que yo. Sé, por el Fermín, el único que ha venido a verme, que estás en la granja quitándote. Quizá ya estés en el borde del pozo y estas palabras sirvan para animarte a venir a verme. No sabes lo que eso supondría para mí. Igual al decir tu nombre me nace de nuevo la voz. Pero te prometo que sería una voz nueva, sin reproches, ni insultos ni gritos. Y, sobre todo, sin golpes que la acompañen.

Te lo juro, Alicia, que esta vez voy de frente y serio como nunca.

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