Buenos días, Adela.
Buenos días, don Javier. Aquí tiene la correspondencia y el periódico.
Bien, gracias. Le echaré un vistazo en el despacho y después llamo para que me refresque la agenda del día.
Como usted diga, don Javier.
La escucho, Adela.
A las ocho tiene usted una entrevista con el representante que llamó la semana pasada. Quiere presentarle un nuevo tipo de bisturí eléctrico.
Bien. Prosiga.
A las nueve debe presentarse en el paraninfo de la Universidad para inaugurar el curso “Medicina y Economía, dos direcciones que se hacen paralelas”.
Interesante. Continúe.
A las diez da usted una clase magistral en el salón de actos de la facultad de medicina. El residente trajo ayer por la tarde el tema escrito y ya se lo he pasado a limpio.
Magnífico, Adela.
A las doce quedó usted con el catedrático de medicina interna, el Dr. Manrique, para hablar sobre la beca de su hija y las notas de su sobrina. La cita es en la cafetería del hospital.
¿Allí? ¿Por qué no en el pub, como de costumbre?
Porque le recuerdo que, a la una, clausura en el salón de actos del hospital el curso de sesiones clínicas que ha organizado su departamento durante este cuatrimestre.
Ah, no tenía constancia del curso. Muy bien, allí estaré.
A las dos y media, almuerza con el subsecretario de Sanidad en el parador. Ha llamado esta misma mañana para que le recuerde que las listas de las elecciones se cierran mañana y quieren contar con usted.
Es cierto, Adela. Está usted en todo.
Gracias, don Javier. A las cuatro de la tarde le recogerá un coche en el parador para llevarle al Ateneo, donde se presenta el último libro docente que ha escrito.
Llevaré la pluma afilada.
Por último, don Javier, a las seis tiene que estar de vuelta en la consulta privada porque tiene citada a Herminia.
¿Herminia?
Sí, doctor, la paciente a la que operó de cáncer de mama hace dos años. Parece que se encuentra peor. Llamó la semana pasada y éste fue el único hueco que encontré en su agenda. Me dijo usted que le recordara, a propósito, que en la próxima visita no había que cobrarle nada. Ya pagó ciento veinte euros en la última revisión.
Ya. Va a ser un día muy agotador, Adela. Además quiero quedarme en el centro para resolver unos asuntos (tengo ganas de ver a Carmela). Llame a la tal Herminia y cancele la cita. Dígale que se pase por el hospital la semana que viene. Alguno del departamento podrá verla.
Como usted diga, don Javier.
Por cierto, Adela, pase al despacho que voy a dictarle unas cartas antes de irme.
¿Unas cartas, don Javier?
Sí, unas cartas. Y deprisa, que no tengo toda la mañana.
Está bien. Ahora mismo voy, don Javier.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Historias de fonendoscopio. La clase de médico a la que uno debe aspirar.
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historias de fonendoscopio
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3 comentarios:
Una señora de 90 años de la Residencia donde trabajo un día me preguntó: "¿Qué prefieres: el din o el don?". Ante mi cara de estupor (a veces soy un poco lenta, lo reconozco) explicó: "Sí, mujer, que si prefieres el dinero o el don, el saber". Por pincharla un poco le respondí que el dinero. Se enfadó muchísimo conmigo y me dijo que no podía ser, que el dinero realmente no compra nada que no sea verdad a través del don.
Pues eso.
Qué terriblemente real es esto...
uf... directo y ademas real, muy real
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