Dimas desmontaba, limpiaba y volvía a montar las colmenas en los meses de invierno. Arreglaba el piso, limpiaba los cuadros y enderezaba el techo, abofado por las lluvias de otoño. Después lijaba las alzas para que en ellas encajaran con holgura las trampas. Los últimos días de septiembre, Dimas recogía el propóleo con el que, decía, mantenía a raya todas las enfermedades. Años hace que ni un simple catarro, doctor. Y mire usted ahí en el ordenador, mire usted. Ya voy por los ochenta y uno. Ni pastillas, ni jarabes, ni inyecciones. Si ustedes tuvieran lo que hay que tener dirían la verdad, dirían que la mayoría de los medicamentos que recetan no valen para nada y que comiendo poco, andando mucho, riéndose y tomando cada mañana una pizca del propóleo que fabrican mis abejas se vive hasta los noventa y siete, como mi padre.
Conduces de vuelta a casa después de una mañana de consulta. Antes de entrar en el pueblo, en la úlitma curva a la izquierda, allá en el ribazo, dormita el colmenar de Dimas, abandonado desde hace un año. Cuando llegaste al domicilio, Dimas no podía mover el brazo ni la pierna derecha. ¿Qué pasó, Dimas? Fosca malaya, doctor, fosca malaya. Esto es el mal de la abeja negra. No hay nada que hacer. Se acabó lo que se daba. Hay que tirar la colmena y comprar una nueva.
jueves, 2 de diciembre de 2010
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