jueves, 20 de enero de 2011

El olor de las celdas

Usted, médico, ¿estuvo alguna vez en la cárcel?

Te sorprendió la franqueza con la que Capote, mirándote a los ojos, hizo la pregunta. Dentro de la cárcel, me refiero. Entendiste de pronto que el pasado de las personas encierra historias que, en cualquier momento de cualquier día a cualquier hora, una palabra, un hecho, un resorte indescifrable hace regresar del almacén abandonado en mitad del páramo que es la memoria. Nunca, Capote. Yo pasé tres meses en Villabona.

Ya lo sabías. Leo te lo había contado. Una mañana de octubre, el molinero apareció muerto en una cuneta a las afueras del pueblo con el cuello roto y sin dinero en los bolsillos. El último que le vio con vida fue Capote. Estuvieron juntos tomando una cerveza en el bar. Capote se convirtió en el principal sospechoso. Le encerraron hasta el día del juicio porque el juez consideró elevado el riesgo de fuga. Capote desaparecía durante semanas sin que nadie supiera a dónde iba. Tuvieron que soltarlo por falta de pruebas.

De ese tiempo en la cárcel me queda el olor de las celdas. Se me quedó aquí dentro, decía a la vez que apoyaba el índice de la mano izquierda en la nariz. Y la certeza de que las cárceles están llenas de tipos que no lo hicieron.

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